Luis Francisco Pérez:»Arquitecturas de Madrid», ESPACIO MADOS

(…) Porque de “inconsciente colectivo” nos hablan los impresionantes planos panorámicos de diferentes centros de Madrid (“planos” en su sentido cinematográfico, especialmente dos de ellos, los aquí reproducidos) realizados por José Manuel Ballester en su minuciosa y exhaustiva visión de realidades urbanas y de las anónimas existencias que las habitan. Y naturalmente también podemos hablar de planos panorámicos en las obras presentadas por Ángel Marcos, pero aquí la publicidad estructura y altera el espacio en diferentes niveles de representación, haciendo que las cajas de luz que contienen las imágenes se “territorialicen” en diversos grados de significación (el artista habla de la publicidad expuesta en tanto que “irrupción del deseo”, término que me parece muy acertado). En la magnífica serie de los portales de casas más o menos burguesas de Madrid perteneciente a Queca Levenfeld (también presenta dos fotografías estupendas de fachadas de casas como si fueran “pieles”), no hay nada de “panorámico” excepto el inquietante “fuera de campo” (muy bien expuesto y “sentido”, de gran refinamiento visual) de lugares donde si por algo se caracterizan es por ser tránsito de vecinos que entran y salen, y que el espectador no contempla excepto su ausencia, que ciertamente “se ve”. Las fotografías de Pío Cabanillas centradas en el Parque del Retiro (Palacio de Cristal y Monumento a Alfonso XII) han sabido introducir de una manera en verdad sofisticada la dimensión artística del Tiempo, o por decirlo con el mismo título de un gran libro de Marguerite Yourcenar: “El Tiempo, gran escultor”, pues algunas de las fotografías del Monumento son fragmentos de esculturas de artistas que participaron en la construcción del mismo, como Mariano Benlliure o Mateo Inurria. Esculturas que “nadie ve”, pero que el artista ha sabido elevar al rango de un cierto “descubrimiento de lo invisible”. Ha sido una sorpresa muy positiva conocer el trabajo en fotografía de Jacobo Gavira, pues habiendo desarrollado hasta ahora la disciplina pictórica lo que presenta es una serie, muy bien trabada, en torno a la dialéctica que surge de la mirada pictórica cuando se traslada a las características propias de la fotografía. Y lo cierto es que estas fotografías de determinados rincones (fragmentos) de arquitecturas de Madrid siguen siendo “pinturas” muy reconocibles de su hacer: etéreas, vaporosas, epidérmicas, receptoras de sombra y luz, figurativamente abstractas y abstractas con vocación reconocible. Las fotografías en torno al Palacio del Infante Don Luis de Borbón, hermano no querido de Carlos III y mecenas de Goya y Boccherini, realizadas por Jesús Lavandeira, se sitúan en el palacio de Boadilla del Monte, localidad cercana a Madrid, y si bien parecen alejarse de la dimensión “metropolitana” que es la tónica general de la muestra, lo cierto es que sí poseen una cualidad que podemos definir como de “civitas”, toda vez que ese palacio, y quienes lo habitaban, desarrollaban una muy culta y civilizada forma de vida opuesta a la propia de las urbes. De cualquier manera, está muy lograda en esta serie la melancólica y triste escenografía de la arquitectura “gatopardiana”, o “viscontiniana”, de estas fotografías. “Andar el Alba” es el afortunado título dado por Fernando Baena (que también es un muy fino poeta) a la serie de fotografías realizadas durante el confinamiento debido a la pandemia del 2020, cuando su hacedor salía de casa con el rosicler de la aurora. Son imágenes de un Madrid espectral, “barojiano” y novelesco, orillero y sin monumentalidad alguna, y con la única compañía de la “Luna de enfrente”, haciendo por nuestra parte un homenaje al bello poemario de Borges así titulado. A mí estas imágenes siempre me han recordado (desde que se publicó el libro que las agrupa con sus correspondientes textos) la figura del “wanderer”, el paseante romántico por excelencia, y que Schubert lo inmortalizó en su maravilloso ciclo de canciones “Viaje de Invierno”. Las dos excelentes fotografías que se muestran de Carma Casulá llevan por título “Las nuevas líneas de Nazca”, y lo que vemos es, en esencia, una brutal “violación” de la Naturaleza (o mejor: de la Tierra en su sentido prehispánico o precolombino), pues se trata de vertederos, yeseras y minas a cielo abierto en las proximidades de Madrid. Son dos imágenes impactantes cuando se conoce su realidad y función, pero no son menos impactantes cuando se contemplan como si fueran fotografías científicas (de alguna forma lo son), y también son perfectos ejemplos de “fueras de campo” donde la ciudad pierde su nombre. (…)

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